Este sábado gris y lluvioso en Buenos Aires, hizo que se dispararan en mi los recuerdos.
Mirar por las ventanas la gran ciudad, las gotas enormes que pegan en ellas y oír el clásico ruido de las mismas producen dentro de mí una dulce sensación.
Hace tántos años de aquéllos días y mucho tiempo que no los evocaba y sentía tán vívidos.
Era niña y vivíamos en el campo en la provincia de Santa Fe. Cuando la inclemencia del tiempo persistía, nada o casi nada se podía hacer en cuánto a trabajos.
Nos encantaba ir a un gran galpón con techos de chapa (por eso el ruído de la lluvia me acaricia el alma). Allí nos reuníamos toda la familia. Papá, mamá y mis dos hermanas que eran menores. Muchas veces estaba con nosotros mi abuela paterna Ramona, que cuando venía a visitarnos se quedaba largo tiempo y eso nos hacía felíz.
El mate era nuestro compañero y mi abuelita comenzaba a hacer, entre charla y charla, las más ricas tortas fritas que comí en mi vida y nunca más volví a hacerlo y mucho menos olvidarlas. Recuerdo que se enojaba con nosotras porque le pedíamos masa para hacer las nuestras y al jugar con ellas terminaba siendo imposible cocinarlas.
A veces cuando la abuela estaba más felíz, nos hacía con masa dibujitos que cocinaba y nosotros nos lo comíamos.
A mi madre la recuerdo sonriendo, siempre cosiendo alguna ropa y charlando mucho con Ramona.
Mi padre más taciturno, solía asomarse a la gran puerta del galpón y fumar lentamente un cigarro que él mismo (con mucho cuidado) armaba, siempre con la mirada lejos. Hoy digo que hubiese dado cualquier cosa para saber qué sentía en esos momentos.
Otras sobaba tientos de cuero para luego trenzarlos y hacer distintas artesanías propias del vivir en el campo. Monturas, rastras "tipo cintos para hombres", mangos de cuchillos que usaba en las tareas camperas, riendas , taleros. Era tal su paciencia que al ser niña no entendía, porque por lo general muy pocas veces se detenía como en esos días.
A pesar de la lluvia, que a veces si era temporal duraba varios días, él siempre tenía tareas para realizar, jamás lo vi ocioso.
Yo solía ponerme triste porque no me gustaban, eran de una gran soledad y desolación, al menos me transmitían esa sensación.
El tiempo pasó y vaya "qué pasó", más la postal en mi está intacta. Creo que puedo percibir los olores y ruidos de esos días. Qué daría Dios por volver un ratito el reloj hacia atrás y tenerlos a todos conmigo.
Sólo el recuerdo me acompaña y una lágrima que comenzó a rodar por mi mejilla.
sábado, 31 de octubre de 2009
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